El despiece: Earwig

Asomaba el verano de 1987 y, mientras My Bloody Valentine agotaban su etapa de jangle pop inocentón con un ruido confuso de fondo, el dúo británico A.R. Kane daba con una combinación de elementos que inspiraría a numerosas bandas en los siguientes cinco años y definiría todo un género. En los tres temas del EP Lollita transportaban la música que se había venido calificando como etérea hasta una dimensión tormentosa, descarnadamente violenta. Títulos como 'El sadomasoquismo es indispensable' o 'El coleccionista de mariposas' añadían incomodidad a un cuadro eléctrico que ya apuntaba a la obsesión y a la claustrofobia, pero la misma 'Lollita' era un despliegue de contrastes -como si Sade Adu contagiase de jazz y melancolía a los Cocteau Twins de 'Love's Easy Tears'- cuyo colofón era la irrupción de una guitarra que explotaba súbitamente después de la lumbre acústica. Rudy Tambala, mitad de A.R. Kane, contaba que fue causal; estaban componiéndola y le dio sin querer al interruptor que activó los agudos de su guitarra, haciendo estallar el estribillo con feedback como si hubiese pulsado un detonador. Alex Ayuli, su compañero en el grupo, lo remató desde la parte teórica acuñando el término dream pop en una entrevista con un semanario musical británico, lo que facilitó que pronto fuese una etiqueta establecida para denominar a sus sucesores.

El trío Earwig -formado en Brighton (Inglaterra) en 1989- bien podría estar entre ellos. Duraron a penas tres años en los que evolucionaron rápido: entre el principio y el final no hay exactamente un abismo, pero el interruptor que ellos pulsaron hacia la mitad de su trayectoria fue el que transformó la distorsión en parpadeos de cristal. Kirsty Yates (voz, bajo, secuenciadores), Julian S. Tardo (guitarra, piano, secuenciadores) y Dimitri Voulis (guitarra, secuenciadores, programaciones) se conocieron en la universidad y formaron el grupo cuando todavía no habían cumplido los 20 años, quedando reducido a ellos tres después de probar con una formación de hasta cinco personas y darse cuenta de que era un autosabotaje para sus objetivos. "La formación, la mezcla de instrumentos tradicionales con samplers, fue algo práctico que nació de la falta de gente afín a nuestro alrededor, y del hecho de no tener prejuicios sobre la tecnología musical", explicaba Kirsty. "La ausencia de un batería siempre era destacada, por la gente de la periferia, como un punto débil enorme". Su propuesta llegaba a las prensas de vinilo con ese toque distintivo ya totalmente integrado. Uno pensaría que la calidad mecánica -que no monótona- de las programaciones le restaría visceralidad al conjunto de una música que remitía a la agresividad de los renovados My Bloody Valentine o a Sonic Youth, pero en realidad esa frigidez y distancia añadían potencia a un mensaje brusco, como si los golpes inmediatos de las máquinas fuesen una metáfora de los guantazos informados por las letras y los acordes. 

Escuchando las canciones del EP Hardly, con el que debutaron en el sello La-Di-Da en 1990, pienso en la primera vez que me di cuenta del sabor de la sangre cuando era pequeño; una de esas ocasiones en que la nariz empezaba a sangrarte de repente y el pañuelo de tela que llevabas en preescolar estaba tan empapado que no podías escapar ese gusto de óxido, que tanto me recordaba al olor que se quedaba en las manos después de jugar colgado de las anillas de hierro en el parque. El de Earwig no es un sonido apabullante, pero su carácter enjugado y doméstico contribuye a que sientas una fuerte violencia. La sola presencia de Kirsty Yates es en gran parte responsable: una voz privada de oxígeno a un radio de treinta centímetros alrededor de su cuerpo, tenue contra una distorsión delgada; y las palabras de una letrista ya no infravalorada, sino nunca estudiada. Yates exhibe sin pudor una necesidad morbosa de aliviar la angustia mediante el dolor físico, manteniendo la tensión en 'Both of Us Screaming' mientras se hace trizas ("cogí mis tijeras / mi aguja y mi algodón / y empecé a cortar / los trozos que estaban podridos") y dialogando con ella misma como si fuese otra persona en la inclemente y post-punky 'Her Stupid Face' ("Ella dice 'Pégame en la cara' / y podría golpearla hasta mañana si quisiera / pero no resolvería el problema"). 'It's the Waiting I Can't Stand' y 'Blind Stupid and Desperate' alternaban dulzura y ruido permitiéndose un respiro, pero el grado de honestidad para dejar al desnudo su baja autoestima o el poso amargo de sus relaciones interpersonales era tan inquietante como valiente, pues Julian S. Tardo era su compañero sentimental además de su cómplice escribiendo las canciones.

En Might (1991), otro EP de cuatro temas, siguieron ahondando en lo ya expuesto: en un extremo, 'Driving You Mad, Slowly', que se desarrolla sinuosa, pausada y hasta se contagia de una sección de noise centelleante; en el otro, la opresiva 'Sour Song'. En medio, el ruido metálico de las guitarras tiene un papel más conciso en 'Everything's Just Fine' y 'You Don't Even Come Close', conjuros de melodías melancólicas y desasosiego, una vez más, a flor de piel (en la segunda dice: "te esfuerzas pero no puedes alcanzarme / gritas tanto que vas a romperte / te romperás el cuello, nunca me tocarás / lo que más me hace sonreír / es que ni siquiera te acercas"). A partir de ahí, la violencia sobrevivirá en los juegos de palabras de las letras pero se diluirá en la música, una decisión que inevitablemente tenía más que ver con las inquietudes de Kirsty y Julian que con las de Dimitri Voulis, más interesado en seguir por el camino de las guitarras abrasadas. Pero en el segundo EP que publicaron en 1991, Subtract, solo en 'Slit' está presente la distorsión de color sangre que nos recuerda su pasado inmediato. Lo demás es radicalmente distinto. El paisaje sonoro de 'Out of My Hands, Over My Head' es todo introspección y delicadeza, especialmente en una coda extendida donde la mezcla del aguanieve de un piano con la cascada de distorsión sideral crea escalofríos. 'Your Friends' aún es más limpia y atmosférica, pero la diversión está en el contraste entre las pequeñas notas repetidas de guitarra y una melodía que parece una canción infantil con la acidez habitual de la letra, aquí una obsesión propia de una atracción fatal: "Maté a todos tus amigos porque me pareció inteligente / y tuve un subidón viéndoles marchitarse / la fiesta ha empezado y me ha costado montarla / nunca te perdonaré si empiezas a quejarte"

Su evolución en el transcurso de esos tres lanzamientos quedó aún mejor ilustrada cuando se recopilaron para editarse por primera vez en CD (omitiendo por algún motivo el tema 'Blind Stupid and Desperate') bajo un título, Past, que era una declaración de intenciones en sí mismo; ahí se quedaba el pasado. Mientras, conjugando el presente enlazaban con su futuro y con el de decenas de bandas aún por brotar, pues su primer y único álbum Under My Skin I Am Laughing (1992) es una obra pionera que se avanza a los hallazgos de los grupos que a mediados de los años 90 la crítica musical etiquetó como post-rock y está en sintonía con artistas británicos que estaban renovando la cultura club desde el minimalismo. Aunque la producción adolece de cierta falta de claridad, las ideas relucen derramadas entre el ambient, la electrónica, el noise, el shoegaze incipiente en aquel momento y el consabido dream pop. Las programaciones ya no son el reflejo de una batería de verdad sino que se desintegran en loops armados bajo una óptica expresionista; loops que van más allá de la percusión abarcando pequeños blips y sonidos melódicos. Suenan arpegios y punteos de guitarras tan transparentes como las de Felt y The Durutti Column, las acotaciones de un piano alejado y las siluetas de Pieter Nooten y Michael Brook recortadas sobre un oleaje digital.

Tal era su confianza en lo que habían creado que el single de presentación del disco fue el tema que lo abre, 'Every Day Shines', un monumento de once minutos que se erige a partir de un bucle de violín sintético al que van adhiriendo capas cada vez más gruesas mientras Kirsty entona tímida. Hay momentos que hasta parece asomar el Philip Glass que creaba frenéticas secuencias de piano en medio del ambiente de estrés. Requiere paciencia, pero si se lo permites te acaba transportando. Un trance similar, aunque más rítmico y enredado, guía 'Sickhair' y 'Scraped Out', ejemplos de cómo esta música sigue recogiendo una irrefutable sensación de desasosiego mediante la repetición de los elementos en lugar de usar la contundencia de antaño. Yates todavía hace daño como nadie: "Tengo miedo de lo que piensas / tengo miedo de que me dejes sin respirar / que me hagan pedazos no me molesta / es solo pensar en ser raspada / después de que me raspes / me limpies". 'Never Be Lonely Again', que transcurre arrastrándose bajo mínimos formales como un último aliento imaginado en la penumbra, es un momento espeluznante. Quizás la pieza más redonda sea 'Safe In My Hands'; elegante y armónica, confesional de un modo acogedor... Un indicio de lo que ocurriría cuando el abandono de Dimitri a los pocos meses de publicarse Under My Skin I Am Laughing llevó a Kirsty y a Julian a dar por acabado Earwig y a seguir bajo el nombre de Insides, alumbrando en 1993 uno de los discos de electrónica de alcoba más hermosos de la década de los 90, Euphoria.


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