viernes, 18 de febrero de 2011

Imperdible: PJ Harvey – “Is This Desire?” (1998)

Recuerdo cuando en un programa de televisión de hace un tiempo pedían a los personajes entrevistados que dijeran una imagen de silencio con la que despedir a los espectadores. Para mí el deseo sería una preciosa imagen muda. Un alboroto interior pero con el volumen a cero. La respiración de alguien que a oscuras aún no se ha dormido; el suave sube y baja de su tórax bajo una sábana visto a través de un cristal grueso. La configuración del significado de “deseo” que se ha labrado en mi subconsciente durante estos años tiene pellizcos de impaciencia y ansia, ensoñación y secretismo, confianza y tormento. Habrá contribuido a ello verlo escrito en la interrogación que titula este disco de PJ Harvey: “¿Es esto deseo?”. Esa pregunta, formulada a uno mismo, denota una confusión espeluznante. No es simplemente querer poner nombre a sensaciones desconocidas, es también sorprenderse de que la parte emocionante del deseo tenga un reverso tan insoportable y molesto. En este trabajo esos entresijos tienen voz, una voz hosca y encerrada.

Exhausta después de girar el exultante To Bring You My Love (1995) durante prácticamente un año y desolada por el fin de una apasionada relación sentimental con Nick Cave, PJ Harvey llegó a valorar la posibilidad de abandonar indefinidamente su carrera musical, llegando a prescindir de una primera versión de este trabajo en 1997 inmersa en un delicado estado emocional. Cuando se vio fortalecida y retomó el hilo de lo que había empezado, aún no sabía que daría forma a la que, en retrospectiva, es quizás su obra más valiente: la expectación por ver hacia dónde se dirigiría después de firmar uno de los discos mejor valorados por crítica y público de 1995 no ejerció influencia ninguna sobre ella, haciendo de Is This Desire? el viaje en blanco y negro que debía ser, sin rastro del carmín de su predecesor y más incómodo que el encendido Rid of Me (1993) aún sin armar la mitad de ruido.

La tensión incorpórea del deseo carnal a punto de materializarse en contacto físico queda recogida en la pieza titular, pero son más bien las consecuencias las que tienen el peso del argumento del álbum. La dureza de este trabajo está en la naturaleza solitaria de su narrativa; una soledad impuesta primero y autoimpuesta después: las secuelas de esa hinchazón anhelante cuando la situación cambia, cuando la comunicación con quien aún quiere es inviable y se da un encierro magnético difícil de eludir. Mediante la creación de personajes con nombre y rasgos diferenciables -no importa si hablan en primera persona o si es ella la que lo explica en tercera- organiza sus emociones y se desvincula del asomo al pronunciado talud de su interior, quizás una manera de negarse la terrible certeza de que tales sentimientos eran suyos. Su osadía es aún mayor en un enfoque sónico sin concesiones a la belleza per se: la mayoría de las canciones utilizan fragmentos y tomas vocales de las maquetas originales que Harvey grabó en casa en su cuatro pistas y se conservan todo tipo de impurezas, desde el bufido de la cinta magnética al temblor puntual de la voz, y hace uso de una electrónica minimalista y distorsionada, llena de graves y suciedad, como herramienta para corresponder musicalmente la turbiedad de sus emociones.

Al inicio del disco resume la situación en ‘Angelene’, un medio tiempo en el que habla por la boca de una chica que se entrega a cualquier hombre pero a la que ha robado el alma uno que ella no puede alcanzar. El contexto del álbum a partir de ahí es tosco y el grano de la fotografía, grueso: la caja de ritmos y la línea de bajo al teclado aturden en ‘My Beautiful Leah’ como el dolor de cabeza y el agotamiento que ataca después de un largo sollozo, un escenario apropiado para la historia de una chica deprimida que ha desaparecido (“¿La ha visto, señor? / Pelo negro, ojos marrones / (…) Nunca me abandonan las últimas palabras que dijo: / ‘Si no lo encuentro esta vez, estaré mejor muerta’”). El mismo esqueleto funciona en otras canciones: sobre el zumbido esquemático de ‘Electric Light’ bastan dos frases para abreviar esa fascinación secreta por alguien que remueve el espíritu (“Su belleza bajo la luz eléctrica siempre me arranca el corazón”) y la conversación que mantienen bajo y voz sobre el ritmo ligero de ‘A Perfect Day Elise’ esconde una historia de romance posesivo con desenlace en negro.

Se dan retratos de mujeres rurales para las que pasan los años y permanecen solas (Catherine envuelta en misterio en ‘The Wind’: “Una vez fue una señora de la ciudad / pero ahora se sienta y gimotea / (…) La veo en su capilla, en lo alto de la colina / Debe estar tan sola”; Joy rodeada de extremismo industrial en su canción homónima: “Toda una vida soltera / a los treinta años nunca había bailado ni un paso / Se hubiera ido de estas montañas hace mucho si no fuera por su condición”) e imágenes poéticas como las de ‘The River’ o ‘The Garden’, ambas apuntaladas por preciosos fraseos de piano. Más interesante se pone cuando los sentimientos son de euforia (‘The Sky Lit Up’ explotando con las percusiones del final: “Me da lo mismo qué esté pensando él / Coge el coche, cógeme la mano / El cielo se iluminó”), despecho endiablado (la exposición violenta en ‘No Girl So Sweet’ es el momento más intenso de Is This Desire?) o esos celos recitados con voz intoxicada y nudo en la garganta en la gélida ‘Catherine’ (“Envidio al viento, tu pelo cabalgándolo / Envidio a la almohada, en ella tu cabeza descansa y sueña / Envidio a tu amante con una envidia asesina / Hasta que la luz brille sobre mí, maldeciré cada segundo que respires”).

Apagadas las brasas del deseo, sopladas sus cenizas por la brisa, solo queda renacer.


Para escuchar en Spotify: PJ Harvey – ‘Is This Desire?’