martes, 15 de diciembre de 2015

El despiece: Cheralee Dillon



















Lo estaba pensando y en el mundo musical no conozco demasiados casos de artistas que, sin explicación y sin dejar rastro, se hayan esfumado cuando nadie lo esperaba. Para siempre. Una ausencia que al principio no crea ninguna alarma (será el necesario tiempo entre discos, pensamos), pero que pasada una larga temporada se revela como un fantasma cuanto más evanescente, más férvido; cuanto más seco y vasto el silencio, más abandonado el duelo. La de la cantautora Cheralee Dillon es una desaparición (hace ya veinte años) la historia de la cual tiene blindadas las puertas a las explicaciones. Sus discos -inencontrables, fuera de catálogo y poco reivindicados al engullirlos el ruido sordo del olvido- han adquirido progresivamente un firme estatus de culto, como ella misma. Quien la recuerda, lo hace con pasión y necesita decirlo en voz alta. Es en una discreta página manejada por un seguidor suyo donde encontramos los últimos mensajes de cariño de quienes siguen marcados por su voz, y también los primeros atisbos de luz sobre este periodo inactivo de cara al público, dos puntos alejados entre sí: víctima de una crisis nerviosa a finales del verano de 1998 y localizada viviendo tranquila con su familia en 2012, según amigos cercanos en ambos casos. La música, eso sí, seguirá enterrada en una valiosa cápsula del tiempo que apenas abarca dos álbumes que salieron prácticamente de la mano.

Nacida en Seattle (Washington) pero criada durante muchos años en Liberia, Cheralee Dillon ya tocaba la guitarra de niña pero fue una revelación para ella descubrir (en su primer y único año en la universidad) discos de Joni Mitchell y Neil Young ("Todavía son mis músicos preferidos, junto a Nick Drake", decía en el Rockdelux de febrero de 1996). De vuelta en los Estados Unidos, su familia se instaló en Portland (Oregon) y ella pasó una temporada viviendo en Charlotte (Carolina del Norte), curtiéndose en varios escenarios. El invierno de 1990 regresa a Portland donde toca en un emblemático local llamado Café Lena, fundado por la poeta Leanne Grabel, donde se hacían noches de micrófono abierto, y también en el reputado club Satyricon. Para entonces ya existía una cinta con canciones propias que comercializó en recitales de ese tipo y que supone el primer misterio destacado de su carrera, pues pocos son quienes tienen una copia de Old Lady Songs (1992) y mucho el rubor que empezó a sentir su autora por títulos como 'Fuck Me, I'm Blind' cuando empezó a escribir sobre experiencias más adultas. Dick Huey, un músico veinteañero que rondaba los locales musicales como ella, la había conocido en Charlotte tiempo atrás, pero sabía conforme la veía crecer que tenía que hacer algo con ella. "Estaba saliendo de un bar después de una noche de micro abierto y oí cantar a una chica. Me di la vuelta y volví a entrar. ¡No podía creer lo que estaba oyendo! Ahí estaba esta chica del noroeste del Pacífico que ahora vivía en Charlotte", explicaba Huey en 2012. "Unos meses más tarde, acabó siendo mi primera cliente como manager y lo empezó todo para mí. Conseguí que la fichase un sello independiente llamado Glitterhouse Records en Alemania, en aquella época distribuidor de Sub Pop en el mercado germánico".
















La sugerencia de mandar sus nuevos temas a una discográfica que le quedaba tan a desmano vino del bajista de The Walkabouts, banda veterana de Seattle perfectamente afín con Cheralee, que sabía por experiencia que los sonidos acústicos y folkies tenían un público más receptivo en Europa. Siempre han existido cantautores de esa naturaleza, obsequiados con el alumbre de la atención según la época y las modas, pero arañando el principio del segundo lustro de los 90 se glorificó a muchos artistas que reconstruían géneros como el folk y la americana con fina artesanía y personalidad, especialmente desde América: las propuestas de Palace Music, Smog, Vic Chesnutt, Red House Painters, Kristin Hersh (primer disco acústico a su nombre en 1994) o Heidi Berry ilustraban el nivel de una cosecha que Cheralee Dillon engrosaría con la publicación de su primer disco, Pool (1994).

Producido por ella misma en el estudio Fresh Tracks de Portland en 1993, sin escatimar en músicos invitados pero reduciendo sabiamente la instrumentación de la mayoría de los temas a un cuerpo a cuerpo entre ella con su guitarra, violín y violonchelo. Dillon suena imponente y se nota que se divierte encontrando maneras chocantes de explicar las cosas; no se divorcia de la tradición folk que le quedaba más cerca en el tiempo (oigo a la Suzanne Vega de su debut homónimo en '7 Year Warp') pero aborda la sexualidad y el desasosiego cotidiano desde una perspectiva femenina franca y perspicaz. En 'Overboard', con una estructura propia de un sing-along, va inflamándose sola en el papel de una chica joven a quien una vida adulta prematura está volviendo loca, cantando: "Tengo a un bebé chupando de mi pecho / y me siento como una calabaza vacía / mutilada por tu espada". Ligeras aproximaciones al blues ('Tattoo You') y al country ('Matthilda') se quedan en anecdóticas frente a la esencia subyugante de los temas eminentemente acústicos, engendrados a la sombra del violonchelo y el terror, como 'Uh-Oh', 'Awhile' o 'Candy' ("El soldado muerde una bala cuando le amputan bajo la rodilla / a mi me gustaría un trozo de caramelo para chuparlo cuando me haces lo que me haces"; una violación, no un revolcón); u otras como 'One Time Too Many' donde se expone alternando pasajes reflexivos y hasta jazzies con crueles arrebatos. Carente de artificio y afectación, sonando tan relajada como apasionada, Cheralee se establecía como una personalidad a tener en cuenta entre los grandes nombres que la rodeaban.

Tras la publicación del álbum, da varios conciertos en Estados Unidos y Europa y acaba consolidando una formación estable de bajo y batería con quienes empieza a experimentar un poco electrificando el sonido, planteándose su próximo trabajo como un affaire contagiado por esos nuevos parámetros, pero la banda se disuelve al poco de tener que entrar en el estudio. No obstante, la química entre el trío queda inmortalizada en el single de edición limitada Little Yellow Lemon (1995), su tema más tierno -a pesar de hablar de la imposibilidad de amar a alguien- y producido al detalle, que supuso la verdadera revelación de la cantautora ante el público al ser incluida en la recopilación Silos and Utility Sheds (1995) de su sello Glitterhouse y también en el CD Summer Hits! regalado con la revista Rockdelux en verano de 1995, precediendo a su presencia en el festival BAM de Barcelona, donde formó parte de una noche memorable de septiembre en la Plaça del Rei, actuando entre los vascos Cancer Moon y Tindersticks.




















Lo que hizo Dillon cuando se quedó sin banda fue replantear por completo el concepto del disco que tenía en mente. Construyó un modesto estudio casero en su apartamento con la ayuda de su vecino y se lanzó a grabar las canciones reducidas prácticamente a las espinas, acercándose más al oyente. En a penas dos semanas ya estaba listo Citron (1995), título que ilustra el lugar de 'Little Yellow Lemon' como pieza central del mismo (aquí en una nueva versión, más comedida y country que no supera la anterior). Las canciones suben el grado de intimidad al versar sobre el dolor de la soledad, sea un amigo heroinómano a la deriva en 'Sinking Peter' (alejado de Cheralee con desolación, mientras ella entona una elegía espeluznante) o ella misma en 'Masturbation Trick' (con un envidiable tono de humor: "Mi amiga Sheila, justo ayer, me contó un truco para la masturbación / lo haces en la bañera / lo haces con el agua / y ahora he descubierto que el agua es la amante perfecta"). La conmovedora 'Precious' fue inspirada por una lección vital que le dio su gata, desapareciendo y regresando a casa cuando dejó de buscarla. Lamentando juegos de máscaras y culpa católica ('Swallow'), desgañitándose con desesperación ('Separation') o empleando un tono inocente sobre un teclado quebrado y minúsculo en 'Come To Me' para lanzar la insinuación más salvaje de todo el disco ("Tengo un fuego ardiendo / más alto / solo se puede estar desnudo / desnudos / tú y yo"), Cheralee suena en Citron más magra; vuelven los arreglos de chelo o contrabajo pero son las ráfagas heladas de guitarra distorsionada lo que define el sonido, astillando las acústicas. En 'Tropical Island', al final, contempla su propia deriva sentimental al son de un acordeón descorazonador, metáfora de un romanticismo afrancesado perdido para siempre.

Entrado el año 1996, Europa le pierde la pista a Cheralee Dillon, que da algunos conciertos más en América antes de esfumarse del ojo público, aunque regresó a algunas ciudades de nuestro continente en noviembre de 1997 girando con Bob Wiseman. Queda en su discografía un epílogo hermoso y fruto de la casualidad. Durante su gira española de septiembre de 1995, Dillon se pasó por el estudio Waves manejado por el productor Juanma Mas en Castellón y registró tres canciones a voz y guitarra, dos de ellas compuestas hacía nada. El productor y guitarrista, junto con el batería Alfonso Pachés y el ingeniero Huw Price imaginaron arreglos para dichos temas y los resultados tenían la finalidad de propiciar un nuevo encuentro con la cantautora si quedaba satisfecha. Estas tres canciones, compartidas por Pachés hace tiempo en su página personal, son el testamento artístico de Cheralee y recogen lo que podría haber sido ese Citron electrificado que se quedó en el tintero: una batería suave e inventiva y una guitarra eléctrica abierta como un paisaje ennegrecido (hay que escuchar 'Gérard Depardieu', una declaración sensual al actor francés), y su poderío intacto. Si hubiera tirado por esos derroteros será una incógnita eterna. Regresó a Castellón al cabo de unos meses y dio su bendición, pero nunca regresó a nosotros.


Para escuchar, una selección de temas aquí debajo, 
pero lo más importante: hay donde puede encontrarse todo